
El siglo 20 fue, para la medicina, el siglo de los antibióticos y las vacunas. Pero la batalla contra las epidemias, lejos de ser un avance arrollador en línea recta y a pesar de las resonantes victorias de la farmacología, conoció retrocesos y momentos de crisis.
El primero de ellos fue el traumático descubrimiento de que la epidemia de focomelia, registrada en Europa Occidentes y en otros países entre 1960 y 1962, no se debió a un hecho natural, si no a un mal uso de la Talidomina. Esta droga había sido sintetizada por primera vez en 1954, durante un programa de desarrollo de medicamentos antihistamínicos, pero se la prescribió en forma masiva como sedante y, sobre todo, para tratar los vómitos y náuseas de las embarazadas.
Fue consecuencia de este último uso que unos quince mil niños en todo el mundo nacieron con distintas malformaciones, entre las que se destacó la Focomelia, una enfermedad caracterizada por la mayor parte del brazo o de la pierna y presencia de manitas en forma de aletas. De aquellos quince mil niños, sobrevivieron sólo cinco mil.

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