
Desde que la computadora se volvió personal y masiva, comenzaron a hacerse vaticinios sobre las cosas que podríamos hacer con ellas y como transformarían nuestra vida diaria. Pero desde mediados de los ‘90, la difusión de Internet dio un nuevo impulso a las imágenes futuristas de un mundo completamente interactivo. Surgió el concepto de unir a todas las nuevas tecnologías en una serie de cruzas ilimitadas, y –por supuesto- se acuñó la palabra para referir al fenómeno: “convergencia”. A ese proceso, se sumó la telefonía celular, la fotografía y cinematografía digital, las emisiones radiales y, más recientemente, la posibilidad de ver televisión on line o de bajar contenidos grabados de producción televisiva. El negocio de la televisión está mutando.
La TV fue el medio con el que más se fantaseó poder integrar a la convergencia. Se la imaginó interactiva, con funciones inteligentes, y hasta con la capacidad de elegir programas según nuestros gustos. Pero para que esto fuera posible, la TV debía digitalizarse, es decir, convertirse en un aparato capaz de recibir y transmitir información soportada en el mismo “idioma” con que se entiende el resto de los artefactos.
Métodos posibles. El mundo digital es un mundo ahorrativo: la imagen obtenida se comprime mediante distintos métodos (se usan los formatos MPEG-2 y MPEG-4) para reducir el tamaño de los archivos a transmitir. De esta forma, se logra reducir el ancho de banda necesario para la transmisión digital. Pero también es un mundo que “corrige” errores: utiliza datos redundantes para poder recomponer a los que pudieran perderse por el camino. En consecuencia, la televisión digital ha logrado generar imágenes perfectas.
Cada jugador con su juego. ¿Que han decidido los distintos países respecto a la pelea de estándares? Estados Unidos aprovechó su papel de pionero en el tema y logró que México, Canadá y Corea del Sur se pusieran de su lado. La norma europea es hasta ahora la más popular, según puede verse en el mapa: hasta ahora hay más de cien países que la han adoptado, y son muchos lo que, sin decidirse, han demostrado interés en ella.
Con respecto a la Argentina, existe una situación extraña. Por un lado, hay ya una normativa vigente desde 1998 (Resolución 2357/98) firmada por el –mal recordado- ex secretario de Comunicaciones Germán Kammerath que incorpora el estándar estadounidense ATSC. Pero por el otro, no se ha tomado una decisión política definitiva. A principios de este año, se asumía que nuestro país seguiría a Brasil en su decisión, que –finalmente recayó en la norma japonesa.
Pero hacia junio, comenzó a dar señales de un posible cambio de rumbo para “correrse” del camino de su principal socio regional. La política argentina se toma sus tiempos.
